jueves, 31 de marzo de 2011

SOMOS AGUILAS, NO GALLINAS

A veces sucede que hacemos demasiado caso a los que nos dicen que no valemos, que nunca llegaremos, que jamás podremos...
Desde pequeños estamos escuchando cosas así. Incluso a nuestros padres (seguro que con la mejor intención). No recordáis aquello de "no corras que te caerás".
Pues yo os digo que os arriesguéis, que dentro de cada uno hay una fuerza indestructible y mágica que se potencia con la audacia, con la confianza, con el valor. Que no tengáis miedo a caer, a equivocaros. Sólo quien se levanta tras un fracaso logra la mayor de las conquistas: vencerse a sí mismo.
De lo que se trata es de desplegar nuestras alas deconocidas y volar como águilas en vez de permanecer anclados a la tierra como gallinas.
Todos hemos nacido para ser águilas, aunque muchos hemos vivido como polluelos (hay una bonita fábula de Anthony de Melo que habla de esto).
Quería compartir con vosotros un capítulo de mi último libro aún no publicado.
La historia trata de un pez que se llama Orígenes y que emprende un camino para encontrar un líder para su empresa, la Sin Líder S.L.
En este capítulo, Orígenes tendrá que arriesgarse y atravesar un prado acuático de anémonas "cantarinas".
Espero que os guste y que sobre todo, os inspire.

"El camino de la izquierda no estaba demasiado transitado. Quizá también fue eso lo que le hizo tomar la decisión de arriesgarse.
Nada más coger esa dirección, lo primero que encontró fue un prado de anémonas cantarinas. Era un bello espectáculo ver como desplegaban sus transparentes filamentos en el agua.
Orígenes intentó atravesar aquel prado acuático, pero una y otra vez, las anémonas le enredaban entre sus largos brazos.
-No lo conseguirás, es inútil que lo intentes, por lo menos si hubieses elegido bien, si hubieses seguido el camino de la derecha –cantaban con voz dulcísima las anémonas.
Y era un canto que se metía hasta el corazón y producía una enorme tristeza.
-Eres un perdedor, jamás lo conseguirás, es mejor que te des la vuelta ahora que puedes, ahora que puedes…
Había peces que al oír aquel coro de voces acuáticas, se daban la vuelta; otros lloraban de pena y pensaban en lo inútil de aquel intento y también retrocedían, pero Orígenes parecía no prestar atención a aquellas voces que pretendían desanimarle en su intención y seguía adelante con inusitado entusiasmo, apartando con cuidado los filamentos de las anémonas de su camino.
Las anémonas, al ver la decisión de aquel pez, cantaban más alto y con su voz más acariciadora, pero Orígenes parecía no escucharlas.
Cuando nuestro pez logró atravesar el prado de anémonas cantarinas, se dio cuenta de que no había nadie a su alrededor. Los demás peces se habían quedado atrás, habían retrocedido.
Entonces Orígenes hizo algo extraño: se puso a saltar sobre su cola de izquierda a derecha.
Las anémonas le observaban sin comprender a que obedecían aquellos insólitos gestos del pez, hasta que una de ellas le gritó desde la distancia:
-¿Qué haces pez raro? ¿Qué es esa danza que bailas desde hace un rato?
Orígenes ni siquiera se inmutó: hacía tiempo que le había entrado agua en el oído y no escuchaba nada de lo que la anémona le decía. 
Entonces una de las anémonas se puso a cantar una canción, que decía así:

Muchos que ni siquiera lo intentarán,
intentarán desanimarte.
Animarte tú sólo es lo mejor,
mejor no escuchar a los que siempre
siempre dicen que no puedes hacerlo.                                                     
Haz de ti mismo tu propia fuerza,
fuerza y no obstáculo.
Si no encuentras tu camino,
tendrás que inventarlo,
tendrás que inventarlo..." 

Sed águilas.
Seguid siempre el camino que lleva a vuestros sueños, sin miedo.
Si no existe, tendréis que inventarlo…

miércoles, 9 de marzo de 2011

PARÁBOLA DE LA FELICIDAD DE PÍO BAROJA

A Pío Baroja siempre se le consideró un hombre escéptico, áspero, pesimista y errante, pero el fondo de su alma escondía una ternura infinita y bondadosa.
Ortega y Gasset le vió así: "un asceto calvo, lleno de bondad y de ternura, que deambula calle Alcalá arriba, calle Alcalá abajo y que aspira a completarse construyendo personajes que se parezcan a su ambición".
Quiero compartir con vosotros esta Parábola que escribió Baroja, ese hombre-escritor-niño-solitario. 
Y una reflexión de Antoine de Saint-Exupéry: "El sentido de las cosas no está en las cosas mismas, sino en nuestra actitud hacia ellas".
Espero que os guste esta historia...

Y era en la isla de Ceylán, en el séptimo siglo antes de la venida de Cristo, en la séptima encarnación de mi alma, en el tiempo en que Sakyamouni predicaba por el mundo y enseñaba la Ley, ley de gracia para todos los hombres. Y era en la isla de Ceylán.
Y mi alma triste había encarnado en el cuerpo de un paria.
En los momentos de descanso, tras de las rudas faenas, un compañero, esclavo como nosotros, leía las plegarias y los himnos santos, santos himnos que escribieron el solitario de la familia de los Sakyas y sus discípulos.
Y yo oía las sentencias de Buda, pero no meditaba en el dolor, ni en la muerte, ni en la tristeza, ni en la miseria de las alegrías del hombre; meditaciones que abren al asceta las puertas de la misteriosa ciudad del Nirvana, en donde se es sin ser, y en donde se duerme el eterno sueño del aniquilamiento; lejos, muy lejos de las miserias y de las torpezas del mundo, en los dominios de la paciencia y del reposo, fuera del ingrato océano de la creación dolorosa.
Y mi corazón estaba turbado por la vanidad y mis ojos no veían la luz en el camino. Porque amaba los goces de la vida, falsos como el eco de las cavernas y como las sombras reflejadas en los ríos, y quería apurar la copa del placer, que es tan solo receptáculo del dolor y de la liviandad.
Y el espíritu, inspirador de los deseos y de las pasiones, me infundió el entusiasmo por la aborrecible existencia.
“¿Qué necesito –pensé– para encontrar la dicha? Ser libre; la libertad basta para mi dicha”.
Y fui libre, y me acosó la miseria, y viví desgraciado años y años.
Y no encontré la dicha.
“¡Oh! –pensé entonces–. ¡Qué engaño el mío! No basta la libertad para ser dichoso. Se necesita también la riqueza”.
Un día me encontré dueño de una fortuna considerable, y vi satisfechos sin esfuerzos mis necesidades y mis deseos.
Y no encontré la dicha.
“¿De qué me vale la riqueza –dije después– si mis mayores ambiciones no puedo satisfacerlas? ¡Oh! Si yo fuera poderoso”.
Y fui poderoso y tuve un país bajo mi dominio y esclavos y elefantes gigantescos y carros de oro y jardines colgantes, y mujeres adornadas con piedras preciosas.
Y no encontré la dicha.
Y cuando el poderío se me hizo repulsivo, quise ser sabio, y estudié en Egipto, en Babilonia, en Persia y en Caldea: Y medía la distancia de los astros, y calculé las alturas del sol. Y vi que en la mucha sabiduría hay mucha molestia y que quien añade ciencia añade dolor.
Y no encontré la dicha.
Y recorrí el mundo, hasta las tierras del Extremo Occidente, y vi las grandes y fastuosas ciudades del Mediterráneo, cuna de los más refinados placeres.
Y no encontré la dicha.
Y, resignado, volví a la isla de Ceylán, y volví a ser paria y volví a sufrir, y esperé tranquilo la hora de la muerte, la dulce hora de perder la personalidad en el crepúsculo del pasado y de fundirme en la augusta inconsciencia, como un rayo de sol en las masas azules de los mares.
Hay en los libros de Zaratustra y en las sentencias del hebreo Jesús Ben Sirach parábolas más profundas y de más sutil enseñanza; pero de cierto os digo que a vosotros, cuyo corazón está turbado por la vanidad y cuyos ojos están cegados por el orgullo, os puede ser útil para la salud de vuestra alma la historia de esta vida, séptima encarnación de mi espíritu en el cuerpo de un esclavo, en la isla de Ceylán.