sábado, 8 de diciembre de 2012

DUNA, LA VEJEZ Y AXEL MUNTHE


Releo a Axel Munthe y su Historia de San Michele mientras mi perra Duna me mira sin ver.
Sus ojos, dos canicas negras, ahora están cubiertos por la niebla de la vejez, un tupido velo de telaraña.
Ella envejece, pero cuando la abrazo fuerte y siento latir débil su corazón, la veo cuando era un cachorro y trepaba conmigo por las piedras y las montañas, cuando corría entre la nieve y nadaba buscando peces en el mar.
Pero ella envejece.
DUNA
Sus días se han convertido en una hilera de velas apagadas, tal como lo describió Cavafis:

Los días del futuro están delante de nosotros
como una hilera de velas encendidas,
velas doradas, cálidas, y vivas.
Quedan atrás los días ya pasados,
una triste línea de veles apagadas;
las más cercanas aún despiden humo,
velas frías, derretidas, y dobladas.

Leo a Axel Munthe, ese médico sueco y filántropo que se enamoró de la isla de Capri y que un día, siendo joven, soñó que viviría en aquél monte donde antaño se alzó la villa del emperador romano Tiberio.
Años después lo hizo. Construyó su villa San Michele y cuando pudo sentarse a escribir en su terraza abierta al mar, perdió la vista. Entonces escribió sus más bellos libros, esos que dicta el corazón.
Luego, mucho tiempo después la recuperó, pero ya no importaba.
Axel fue un incansable defensor de los animales, que hasta incluso llegó a comprar una montaña donde creó un santuario para aves migratorias. Él tuvo como mascotas a un búho y un babuino, además de muchos perros. Todos sus animales, los que partieron antes que él, están enterrados en San Michele.
Después de la muerte de Axel, a los 92 años, la villa de San Michele pasó a ser propiedad del estado sueco. Siguiendo los deseos expresados por Munthe en su testamento, estudiantes y artistas son invitados a hospedarse en la villa para realizar sus proyectos.

Miro a Duna y la veo envejecer, y me preguntó si existirá también un paraíso para los animales.
Ya expresó también esa preocupación el médico de La Historia de San Michele al arcángel que le llevó al cielo:

-¡Me gustaría tanto verle! ¡Deseo tanto dirigirle una pregunta que me ha inquietado toda la vida y a la que sólo él podría contestar! Tal vez tú, sabio y venerado arcángel, me lo podrías decir: ¿dónde van las almas de los inocentes animales? ¿Dónde está su Paraíso? Quisiera saberlo, porque.. tengo...
No me atreví a proseguir.
-En la casa de mi Padre hay muchas moradas- dijo Nuestro Señor-. Dios, que ha creado a las bestias, pensará en ellas. El Paraíso es bastante grande para acogerlas también...

Cierro el libro, toco la blanca y peluda cabeza de Duna y le digo, sin palabras, que no se preocupe, que sí existe un lugar para ella más allá de este mundo y de esta tierra.
Allí está mi madre acariciando el lomo de todos nuestros perros que ya se han ido.
En aquél lugar nunca hace frío y la vejez es sólo el eco de una palabra.
SAN MICHELE
SUBIENDO A SAN MICHELE

SAN MICHELE

AXEL MUNTHE













miércoles, 10 de octubre de 2012

ADÁN Y EVA


EN LA TUMBA DE EVA
Adán: Dondequiera que ella estaba, allí era el Edén


Imaginad un jardín. 
         Algo perfecto y ancestral.
Grandes arroyos se abren paso entre las montañas, resbalan, se enredan, caen, llegan a lagos transparentes donde nadan criaturas que son como estrellas en un firmamento líquido. Árboles que susurran, que no conocen el fuego, que invocan al viento con voz áspera. Musgos, líquenes, rocas, hojas. Toda clase de animales que no compiten por vivir.
Es un hermoso jardín.
Imaginad después a un hombre, un hombre cualquiera. Un hombre callado y tranquilo. Está solo. Mira a su alrededor y todo le parece nuevo. Nada es gastado, aunque los días sí se agoten y caigan como las hojas en el otoño. Los días se suceden y son iguales y de algún extraño modo, diferentes. Calma, placidez. Todo está en armonía con el Universo. Pero el hombre está solo. Sólo. Sí, están los animales y las plantas y los árboles y las hojas y el agua de los arroyos, pero está solo. A veces una brisa cálida le roza las manos, pero está solo.
Ahora imaginad que un día, en aquel maravilloso jardín, aparece una misteriosa criatura que se empeña en poner nombre a todo aquello que encuentra en su camino. Un ser diferente al hombre, a los peces, a las plantas, al dodo. Una inquieta criatura que necesita comprender y compartir todo lo que ve. Ella es una mujer y Adán nunca más volverá a saber qué es la soledad.
Adán y Eva se encuentran, pero al principio no se reconocen, les es difícil estar juntos. Son dos seres diferentes, aunque complementarios. Ellos aún no lo saben y se esfuerzan en mantener y potenciar sus disparidades en vez de acercarse el uno al otro. Pero es que acercarse a otro ser humano no es sencillo, implica estar dispuesto a asumir cierta dosis de sufrimiento, porque es en el descubrimiento del otro, donde nos descubrimos a nosotros mismos con nuestras sombras y nuestros abismos.
Tal como lo cuenta Mark Twain en el sorprendente “Diario de Adán y Eva”, la tarea no está exenta de peligros. Los hombres y las mujeres vemos la vida de manera diferente, pero nos necesitamos.
Adán y Eva fueron expulsados del jardín, pero descubrieron que tenían un paraíso aún mejor:  

 “Cuando pienso en el pasado, el Jardín me parece un sueño. Era hermoso, de una hermosura insuperable, encantadora; y ahora se ha perdido y no lo veré nunca más. He perdido el Jardín, pero lo he encontrado a él, y soy feliz”

Sí, los seres humanos hemos perdido el jardín, pero el secreto es que el jardín sigue intacto en nosotros. Es un edén que sólo aparece cuando nos enamoramos y que desaparece con el aliento del último beso en la despedida.
Nosotros, criaturas misteriosas, necesitamos amar. De seguir viviendo en aquel paraíso no nos bastarían los arroyos, ni los árboles, ni las montañas, ni siquiera todas las estrellas del cielo del jardín del edén, si el precio fuera estar solos.
Narciso ya lo sufrió en sus propias carnes cuando, Némesis, la diosa de la venganza, hizo que se enamorara de su propia imagen reflejada en un río. En una contemplación absorta, incapaz de apartarse de su espejo, acabó arrojándose a las aguas.
Quizá viera en aquel destello irreal el paraíso perdido. Es sólo cuando nos vemos reflejados en los ojos del otro, cuando recuperamos la certeza de que el paraíso habita en nosotros.
En el fondo, como ya anunciara el inmortal autor de “El Principito” somos seres indefensos expulsados de un país, de un jardín, que es nuestra infancia. Un lugar puro e inocente donde todo era más sencillo que en el impenetrable mundo de los adultos.
La única forma de regresar a ese paraíso, es a través del amor, o por lo menos a través del consuelo que proporciona la eterna espera del amado o la amada.
Sí, definitivamente hemos perdido el jardín, pero tenemos al otro.

Tras mucho pensarlo, al fin Zeus tuvo una idea y dijo: "Me parece que tengo una estratagema para que continúe habiendo hombres y dejen de ser insolentes. Ahora mismo voy a cortarlos en dos a cada uno, y así serán al mismo tiempo más débiles y más útiles para nosotros, al haber aumentado su número.
Así pues, una vez que la naturaleza de este ser quedó cortada en dos, cada parte echaba de menos a su mitad, y se reunía con ella, se rodeaban con sus brazos, se abrazaban la una a la otra, anhelando ser una sola naturaleza..."

La otredad impulsa a los seres humanos a lanzarse a la conquista de lo perdido, de la mitad que les fue arrebatada. Les empuja a buscar el complemento del que fueron separados.
Así, el hombre se une a la mujer, su otra mitad, la única que lo completa y que, al devolverle la perfección que la voluntad divina alteró, le permite el regreso a la unidad, a la reconciliación.
De forma inconsciente los hombres regresan al instante en el que ellos y su apariencia formaron un todo sólido: al momento en el que el hombre vivió en armonía con el universo, como en la infancia. 
Todos a veces hemos tenido ese sueño: completarnos en el otro y poder regresar al jardín. Vivir, soñar, querer...
Pero mientras tanto, sobrevivimos en este mundo hostil donde lo único que nos salva es el espejismo del afecto y escribimos en nuestro corazón páginas de amor y de ausencias.

  

martes, 11 de septiembre de 2012

LA APUESTA DE PASCAL

Hay una canción que me encanta: What a Wonderful World.
Habla de alguien que ve los árboles verdes y las rosas rojas, el brillo del día y la sagrada oscuridad de la noche. Habla de alguien que es capaz de percibir los colores del arco iris en las rostros de sus amigos.
Louis Amstrong era el que cantaba esa canción. Después la tocó al piano Ray Charles.
Ray era ciego desde la infancia, pero desde su luminosa penumbra intentaba decirnos que éste es un mundo maravilloso.
Sí, en verdad es un mundo maravilloso.
Pero vivimos demasiado deprisa para verlo.
No apostamos por vivir, porque estamos demasiado ocupados en sobrevivir.
Hay muchas cosas de las que debemos ocuparnos: las compras en los centros comerciales, la dieta Dukan, los programas del corazón, Belén Esteban, la prima de riesgo, el dinero...
Se nos olvida que no podemos llenar los vacíos de la vida con cosas materiales.
Se nos olvida que el presente es el único bien que realmente poseemos.
Blaise Pascal, el inventor de la primera calculadora digital, el autor de lo que hoy conocemos como el hexágono místico de Pascal, el padre de las leyes de presión, el hombre que en 1647 logró demostrar la existencia de un vacío en el espacio..., Pascal ya lo expresó de la siguiente manera:

"Desde la infancia se encarga a los hombres del cuidado de su honor, de su bien, de sus amigos, y también de los bienes y del honor de sus amigos; se les agobia de tareas, del aprendizaje de lenguas y de ejercicios, y se les hace entender que no podrían ser felices sin que su salud, su honor, su fortuna y la de sus amigos estén en buen estado, y que la falta de una de estas cosas los hará desdichados. De este modo, se les encargan tareas que los preocupan desde que despunta el día. ¡He ahí, pensaréis, una extraña manera de hacerlos felices! ¿Qué haría falta hacer para que fueran desgraciados?. No sería necesario más que quitarles todos sus cuidados, pues entonces se verían a sí mismos, pensarían en lo que son, de dónde vienen, adónde van, y así no se puede tenerlos muy ocupados y distraerlos. Y es por eso que, después de haberles preparado tantos trabajos, si tienen algún tiempo de relajación, se les aconseja que lo empleen en divertirse, y en jugar, y en estar todo el tiempo completamente ocupados. Que el corazón del hombre está vacío y lleno de suciedad."

Esto lo escribió después de haber sufrido un accidente que casi le cuesta la vida.
El 23 de noviembre de 1654, Pascal meditaba sobre ¡el matrimonio! mientras guiaba un coche con cuatro caballos. De pronto éstos se espantaron, saltando el pretil del puente Neuilly. Por fortuna el coche no cayó y se quedó colgando sobre el río Sena. El matemático fue rescatado sin ninguna herida física, pero aquel accidente lo afectó tan profundamente, que a partir de ahí cambió su vida.
¿De verdad necesitamos que nos ocurra un suceso así para cuestionarnos toda nuestra existencia?
¿Con cuántas cosas intentamos llenar nuestros vacíos?
En su composición filosófica Pensees, Pascal  utilizó la probabilidad y los argumentos  matemáticos para concluir: "estamos obligados a apostar..."
Pascal murió a la edad de 39 años. El análisis post mortem reveló una grave lesión en el cerebro y mostró que ¡había nacido con un cráneo deforme!
Yo os digo que hagamos la apuesta de Pascal, que apostemos por vivir, por encontrar dentro de nosotros la felicidad a la que estamos destinados y que a veces parece diluirse entre las luces de esta jungla en la que estamos condenados a vivir.
Pero podemos ser libres y apostar...
Mientras tanto os dejo esta maravilla.
Hay otros mundos... pero están en éste.







martes, 19 de junio de 2012

POLVO DE PLANETA



No hace falta usar los ojos para mirar a los astros y constelaciones del Universo, basta con vernos por dentro con los ojos del corazón: el hombre está hecho de polvo de estrellas.
Igual que sentimos cómo tiemblan los álamos cuando se estremecen en la oscuridad, o la delicada telaraña de voces en el aire diáfano, podemos mirar dentro y percibir como palpitan los planetas arriba, más allá del cielo: el laberinto de dunas rojas de Marte, la serena belleza de la luna, la música de Saturno y sus anillos, el doble amanecer de Mercurio, los colores del hielo en Urano, Neptuno y sus azules, las colinas de la brillante Venus, el collar de satélites de Júpiter, el amo de la corona de fuego, que es el Sol, el menguante Plutón y su hijo Caronte, el bibelot de vida que es la Tierra.
En el principio no había nada, ni siquiera oscuridad, un vacío inmenso se extendía hasta que de la gran explosión nacieron las estrellas y los planetas, como los cristales de un copo de nieve que flota en el viento.
El Universo preparó nuestra llegada: estamos hechos de partículas eternas, somos polvo de estrellas.
La química de nuestros cuerpos existe en todo el Cosmos.
Sabemos que aunque muramos, no moriremos del todo, porque formamos parte de algo mayor.
El Universo existe para que nosotros podamos existir y es tan grande porque sólo así podríamos estar nosotros.
Una vez le preguntaron al astronauta que llegó a la luna cómo veía la Tierra desde allí: frágil, dijo.
Habitamos un mundo frágil y nosotros poseemos esa levedad, pero en nuestro corazón anidan las estrellas, igual que también hay algo de nosotros en ellas, algo efímero y evocador que nos hace sentir fuertes.
Somos las estrellas mirando a las estrellas.
Os digo que aunque el sol aniquile dentro de millones de años el cuerpo rocoso de nuestra tierra, no importará porque el hombre ya habrá conquistado el suelo rojo de Marte o los perpetuos hielos de Urano, o Saturno y sus anillos, o quizá el planeta más grande de todos, el que contiene a todos, ese astro diminuto y gigante al que muchos llaman alma.

Todo se acabará algún día, y la señora que se llama muerte vendrá a cobrarnos el tributo de la vida y a la tierra volveremos convertidos en polvo, 
pero no os preocupéis, amigos,
será polvo de planeta.






domingo, 18 de marzo de 2012

Hace 100 años de la conquista de la Antártida

En 1911 dos hombres alcanzaron el Polo Sur: el noruego Amundsen y el británico Scott.
Sólo uno de ellos regresó con vida.

Amundsen se preparó desde que era niño para cumplir su sueño de conquistar el Polo: "Fue un simple sueño. Parecía revelarme que algún día yo iría a la región de hielo y nieve y continuaría sin descanso hasta que llegase a uno de los polos de la Tierra, al final del eje sobre el cual gira esta gran esfera".
Dormía con las ventanas de su habitación abiertas en pleno invierno y se escapaba de la escuela para caminar entre la nieve, por las montañas cercanas a Oslo. Sirvió en el ejército noruego, fue marino en un barco ballenero, y vivió con los inuit de los que aprendió la confección de abrigos de foca y el mejor uso de perros y trineos.

Scott era oficial de la marina, capitán de la Royal Navy. Él y todos sus compañeros murieron en la Antártida, pero, de forma anacrónica, su expedición resultó ser todo un éxito en cuanto a su objetivo científico: entre los catorce kilos de muestras geológicas que fue recogiendo hasta que murió y que se hallaron en su bolsillo, se encontraba un trozo de hulla: ¡el continente había tenido en el pasado un clima templado! 

¿Quién venció y quién fue vencido?
A veces el éxito se esconde en el fracaso.

El hielo siempre reclama a sus hijos: Scott jamás regresó del Polo Sur y Amundsen encontró la muerte en el Polo Norte: su hidroavión se estrelló en el mar de Barents.

En mi libro "Memento mori" los dos exploradores relatan su expedición. 
Y es que sólo a través del recuerdo de los muertos los vivos aprendemos a vivir.

Aquí os dejo uno de los relatos favoritos de mi libro: el capitán Scott.

¡Honor a los héroes de la Antártida!

Kathleen,
tú no sabes lo que se siente
cuando has caminado muchos kilómetros 
empujando el trineo sobre la nieve blanda.
Mientras el frío se te mete en las entrañas, 
luchas por conquistar un palmo más.

Kathleen,
tú no conoces los idiomas del hielo,
ese lenguaje hecho de soledad y silencio,
ni tampoco tus ojos se han vuelto de escarcha
con la visión del último lugar sobre la Tierra.

¿Qué se me había perdido a mí allí?
¡Un oficial de torpedos en la Antártida!
Mis ponys murieron nada más bajar del barco,
pusieron las patas en la mullida nieve y se congelaron;
quizá fue ése el principio del aciago presagio.

Llegué después de Amundsen y leí su carta:
Si quiere usted usar cualquiera de los artículos abandonados en la tienda...

No utilicé nada de lo que había dejado, no hubiera sido honorable;
tampoco hubiera servido ya de nada.

Se sucedieron las tormentas (yo te veía en cada ventisca),
mis hombres empezaron a perder la fe.
Primero cayó Evans, y tuvimos que arrastrarlo a través del glaciar Beardmore
hasta que el río de hielo se lo tragó.
Después Oates; fue en el día de su cumpleaños,
salió aquella noche de la tienda y no regresó:
"Puede que me vaya por algún tiempo", dijo.
Su delgada sombra atravesó la barrera de hielo y niebla
y jamás regresó, 
ninguno regresamos;
pero cuando encontraron nuestros cuerpos,
en mis bolsillos la piedra de hulla confirmó aquella teoría:
el continente había tenido en el pasado un clima templado.
La sociedad geográfica dijo que la expedición había sido un éxito.
Nuestros cuerpos muertos contaron la historia.

Sólo te digo, Kathleen,
mi pequeña y dulce Kathleen,
que mi último pensamiento fue para ti,
para ti y para nuestro hijo, 
que nació cuando yo moría en la Antártida.

Recuérdame, querida,
recuérdame con mi uniforme de gala y mis medallas,
posando en aquella fotografía:
el sombrero en la mano derecha
en la izquierda, el sable.
Quienes grabaron sobre mi tumba los versos de Tennyson
tenían razón:

LUCHAR,
BUSCAR,
ENCONTRAR
Y NO RENDIRSE JAMÁS.

¡Honor a los héroes de la Antártida!