domingo, 18 de marzo de 2012

Hace 100 años de la conquista de la Antártida

En 1911 dos hombres alcanzaron el Polo Sur: el noruego Amundsen y el británico Scott.
Sólo uno de ellos regresó con vida.

Amundsen se preparó desde que era niño para cumplir su sueño de conquistar el Polo: "Fue un simple sueño. Parecía revelarme que algún día yo iría a la región de hielo y nieve y continuaría sin descanso hasta que llegase a uno de los polos de la Tierra, al final del eje sobre el cual gira esta gran esfera".
Dormía con las ventanas de su habitación abiertas en pleno invierno y se escapaba de la escuela para caminar entre la nieve, por las montañas cercanas a Oslo. Sirvió en el ejército noruego, fue marino en un barco ballenero, y vivió con los inuit de los que aprendió la confección de abrigos de foca y el mejor uso de perros y trineos.

Scott era oficial de la marina, capitán de la Royal Navy. Él y todos sus compañeros murieron en la Antártida, pero, de forma anacrónica, su expedición resultó ser todo un éxito en cuanto a su objetivo científico: entre los catorce kilos de muestras geológicas que fue recogiendo hasta que murió y que se hallaron en su bolsillo, se encontraba un trozo de hulla: ¡el continente había tenido en el pasado un clima templado! 

¿Quién venció y quién fue vencido?
A veces el éxito se esconde en el fracaso.

El hielo siempre reclama a sus hijos: Scott jamás regresó del Polo Sur y Amundsen encontró la muerte en el Polo Norte: su hidroavión se estrelló en el mar de Barents.

En mi libro "Memento mori" los dos exploradores relatan su expedición. 
Y es que sólo a través del recuerdo de los muertos los vivos aprendemos a vivir.

Aquí os dejo uno de los relatos favoritos de mi libro: el capitán Scott.

¡Honor a los héroes de la Antártida!

Kathleen,
tú no sabes lo que se siente
cuando has caminado muchos kilómetros 
empujando el trineo sobre la nieve blanda.
Mientras el frío se te mete en las entrañas, 
luchas por conquistar un palmo más.

Kathleen,
tú no conoces los idiomas del hielo,
ese lenguaje hecho de soledad y silencio,
ni tampoco tus ojos se han vuelto de escarcha
con la visión del último lugar sobre la Tierra.

¿Qué se me había perdido a mí allí?
¡Un oficial de torpedos en la Antártida!
Mis ponys murieron nada más bajar del barco,
pusieron las patas en la mullida nieve y se congelaron;
quizá fue ése el principio del aciago presagio.

Llegué después de Amundsen y leí su carta:
Si quiere usted usar cualquiera de los artículos abandonados en la tienda...

No utilicé nada de lo que había dejado, no hubiera sido honorable;
tampoco hubiera servido ya de nada.

Se sucedieron las tormentas (yo te veía en cada ventisca),
mis hombres empezaron a perder la fe.
Primero cayó Evans, y tuvimos que arrastrarlo a través del glaciar Beardmore
hasta que el río de hielo se lo tragó.
Después Oates; fue en el día de su cumpleaños,
salió aquella noche de la tienda y no regresó:
"Puede que me vaya por algún tiempo", dijo.
Su delgada sombra atravesó la barrera de hielo y niebla
y jamás regresó, 
ninguno regresamos;
pero cuando encontraron nuestros cuerpos,
en mis bolsillos la piedra de hulla confirmó aquella teoría:
el continente había tenido en el pasado un clima templado.
La sociedad geográfica dijo que la expedición había sido un éxito.
Nuestros cuerpos muertos contaron la historia.

Sólo te digo, Kathleen,
mi pequeña y dulce Kathleen,
que mi último pensamiento fue para ti,
para ti y para nuestro hijo, 
que nació cuando yo moría en la Antártida.

Recuérdame, querida,
recuérdame con mi uniforme de gala y mis medallas,
posando en aquella fotografía:
el sombrero en la mano derecha
en la izquierda, el sable.
Quienes grabaron sobre mi tumba los versos de Tennyson
tenían razón:

LUCHAR,
BUSCAR,
ENCONTRAR
Y NO RENDIRSE JAMÁS.

¡Honor a los héroes de la Antártida!