lunes, 25 de agosto de 2014

Las olas de la vida y un recuerdo a J.J.B.Q.

Hay un pequeño cementerio en Nazaré (Portugal).
Está situado en Pederneira, en la parte alta de la montaña, desde donde se ve el mar y cómo las olas amenazan un faro a lo lejos.
También desde allí se contempla la lenta subida del funicular mientras el humo de las sardinas asándose en las calles envuelve el aire con un vaho denso.
Allí, en ese cementerio, entre panteones que albergan sarcófagos cubiertos de colchas blancas y túmulos rematados de ángeles que se alzan hacia el cielo, encontré una pequeña tumba: J.J.B.Q.
Una fotografía de un hombre aún joven, en la mitad de su vida, con ojos verdes de océano y semblante sereno me miraba complacido: un pescador al que se llevó el mar.
Era una tarde cálida de agosto y yo me acababa de tomar un châ de limaô en una tasca cercana. Entré en el cementerio pensando en la vuelta al trabajo, en las preocupaciones a las que tendría que hacer frente cuando regresara de mis vacaciones.
En el camposanto, desde aquella tumba blanca, pulcra y llena de conchas y corales en vez de flores, me miraba el pescador desde su fotografía y me decía, sin palabras, que la vida también es un mar inmenso, proceloso, donde es fácil naufragar. Me decía que las olas también son grandes y que nuestra alma es un pequeño barco, a veces a la deriva, pero que hay que seguir luchando, sorteando olas cada vez más grandes y difíciles.
Cuando salí del cementerio me acerqué al mirador para contemplar el océano, que a esa hora era dorado. Los surfistas se empeñaban en domesticar las olas, pero para eso, esperaban con paciencia la ola perfecta para cabalgar sobre ella.
Cuando aquella gran ola llegaba, no enfrentaban resistencia, se ponían lentamente en pie en su tabla, guardando el equilibrio y dejaban que la fuerza de la ola los empujara hacia arriba, hacia la rizada espuma, donde se encaramaban y danzaban hasta que la ola perdía fuerza, desvaneciéndose en la orilla.
¿Que podemos aprender de los surfistas?
Que en la vida también hay olas gigantes que hay que superar, que a veces no utilizamos la fuerza de las dificultades para que trabajen a nuestro favor porque nos resistimos queriendo cambiar cosas que no se pueden. Pero si cambiamos la forma de ver nuestra ola, ésta cambiará de forma.
No dejemos pasar las oportunidades: los surfistas esperan con paciencia a la ola perfecta y no la dejan pasar.
El esfuerzo, la preparación es la antesala del talento, preparémonos para coger nuestras olas. Y no importa cuantas veces nos caigamos, lo que realmente importa es todas y cada una de las veces en que nos levantamos sobre nuestra tabla.
Decía Zaryn Dentzel, surfista, creador y presidente ejecutivo de Tuenti, que los que conocen el surf saben que para coger la ola hay que estar en el sitio adecuado, pero también remar fuerte para mantenerse en ella.
Y ya puestos en medio del océano de la existencia, compartamos nuestra vida con seres especiales que nos quieran, no por lo que hacemos o poseemos, sino por lo que somos, esas personas con las que no tenemos que fingir porque nos aceptan con nuestros errores. Hay algo esencial en la vida: no importa tanto lo que haces, sino con quien lo compartes. Busca buenos compañeros para cabalgar las olas.
No nos tomemos todo tan en serio, al fin y al cabo, como decía Mark Twain, ¡no vamos a salir vivos de ésta!
Pero mientras estemos en la vida, disfrutemos también entre las olas difíciles, que eso constituya un reto diario donde podamos medir nuestra fuerzas una y otra vez. Se trata de respetar tus miedos, pero de enfrentarte a ellos con coraje y esperanza, tal como decía Tennyson en su poema:


Venid amigos míos,
aún no es tarde para buscar un mundo más nuevo.
Desatracad, y sentados en buen orden amansad
las estruendosas olas; pues mantengo el propósito
de navegar hasta más allá del ocaso, y de donde
se hunden las estrellas de occidente, hasta que muera.
Puede que nos traguen los abismos; puede
que toquemos al fin las Islas Afortunadas y veamos
al grande Aquiles, a quien conocimos. Aunque
mucho se ha gastado mucho queda aún; y si bien
no tenemos ahora aquella fuerza que en los viejos tiempos
movía tierra y cielo, somos lo que somos:
corazones heroicos de parejo temple, debilitados
por el tiempo y el destino, más fuertes en voluntad
para esforzarse, buscar, encontrar y no rendirse.

Cuando llegué a Madrid, los ojos de aquél triste pescador portugués me acompañaron, y aún ahora lo siguen haciendo.
Me pregunto a qué olas tuvo que enfrentarse él, pero lo cierto es que yo estoy viva, que no he sucumbido a las tempestades, ni a los tsunamis de mi vida, y eso es lo más importante a la hora de seguir cabalgando mis olas, ¿no lo crees tú así?

lunes, 31 de marzo de 2014

Adolfo Suárez: el último samurai

Los samurais fueron una élite militar que gobernó Japón durante cientos de años.
La palabra Samurai significa “el que sirve”.
Los samurais eran expertos en el arte de la espada, el arco y la lanza, pero también eran maestros cultivando otras disciplinas como la pintura, la poesía, la caligrafía, la música, la arquitectura o el arte floral. 
Su código de conducta estaba inspirado por el Bushido,  "el camino del guerrero".
 
Estos son los siete principios que rigen el código del Bushido: 

Yu (coraje, valor heroico) "ocultarse como una tortuga en su caparazón, no es vivir."
Rei (cortesía) "un alma sin respeto es una morada en ruinas." 
Jin (compasión) "el poder que desarrolla un hombre debe ser usado en bien de todos." 
Gi (Justicia) "sólo existe lo correcto y lo incorrecto." 
Meiyo (honor) "la muerte no es eterna, el deshonor sí." 
Chugo (lealtad) "un perro sin amo vagabundea libre. El halcón de un Daimyo (señor feudal) vuela más alto."
Makoto (sinceridad, verdad) "las palabras de un hombre son como sus huellas; puedes seguirlas donde quiera que él vaya. Cuidado con el camino que sigues."

Adolfo Suárez se ha ido. Ha dejado este mundo sin ser consciente del boato ni de la gloria.
Él hizo lo que debía hacer, como un samurai, y luego desapareció entre la bruma, con los recuerdos ocultos bajo una espesa niebla que tiene nombre alemán: Alzheimer.
Murió sonriendo, quizá porque en ese último momento atravesó como un rayo la memoria de su vida y pensó que ningún homenaje es preciso cuando un hombre hace lo correcto.

Todos nuestros políticos deberían tener en su mesilla un ejemplar de Hagakure (literalmente "oculto bajo las hojas"), esa guía para vivir en resonancia con la impecabilidad del guerrero, del samurai, del que sirve. 
Esas reflexiones del maestro samurai Yamamoto Tsunemoto, deberían impregnar las noches y los días de los llamados a servir al pueblo y no a ellos mismos.

Adolfo Suárez pertenecía al aguerrido linaje de los que pueden darnos lecciones de nobleza, honor y determinación.

El Hagakure nos sugiere una impecable filosofía de vida: "Incluso si fueses súbitamente decapitado, deberías ser capaz de realizar con destreza una última acción", recomienda Tsunemoto.

Ya no hay clase política, ya no hay guerreros. Suárez fue el último samurai y creo que murió sin saberlo, o a lo mejor si lo supo al final y por eso sonreía.
De sus labios no salió una palabra.
Según Tsunemoto "para un samurai una sola palabra es de gran importancia. Mediante una sola palabra el valor marcial puede hacerse evidente. En tiempos de paz tus palabras demostrarán valentía. En tiempos problemáticos, también. Uno sabe que una sola palabra puede evidenciar la cobardía o el valor de una persona. Esa sola palabra es como la flor de tu corazón. No es algo que alguien dice simplemente, con su boca".

Yo era pequeña cuando España se unió bajo el sentido común y la generosidad de alguien que puso los intereses de una nación por encima de los suyos propios.

Ahora ya no está, pero yo sí tengo una última palabra para él:

GRACIAS



martes, 21 de enero de 2014

Meishi

En documentos históricos de la dinastía Tang, en China, ya aparecen las Meishi.

Las Meishi son tarjetas de visita.
Cuando una persona visitaba a alguien que estaba ausente de su casa, se insertaba una tabla de madera o de bambú con su nombre escrito en la entrada para que quedara constancia de su visita.
De esta costumbre china, proviene el nombre de "Meishi", que quiere decir "Insertación del nombre". La tableta también se usaba para solicitar una entrevista con un oficial de alto rango del gobierno.
En Japón, a finales del régimen militar del shogunato de los Tokugawas, algunos samurais comenzaron a tener tarjetas impresas con su nombre y su escudo de armas

En las reuniones en Japón, los japoneses entregan las tarjetas de visita en una especie de ritual que implica tomarlas y ofrecerlas con ambas manos. Cuando recibes la tarjeta, lo correcto es leer en alto el nombre o decir las siguientes palabras: Yoroshiku onegai itashimasu (te pido tu favor).


Cuentan que Keichu, el gran maestro zen de la era Meiji, estaba al frente de Tofuku, un gran templo de Kyoto y que un día, el gobernador de la ciudad le llamó por primera vez.
Su ayudante le presentó una tarjeta del gobernador que decía: "Kitagaki, gobernador de Kyoto".
-No tengo nada que ver con esa persona -dijo Keichu a su ayudante-. Dile que se vaya.
El ayudante devolvió la tarjeta al tiempo que ofrecía excusas.
-Ha sido un error mío -dijo el gobernador, y con un lápiz tachó las palabras "gobernador de Kyoto"-. Toma, dásela de nuevo a tu maestro.
-Ah, ¿se trata de Kitagaki? -exclamó el maestro cuando vio la tarjeta-. Quiero ver a ese hombre.

A veces olvidamos que lo más importante es lo que somos, no lo que hacemos, por eso es esencial crear y desarrollar nuestra propia Marca Personal.
Para ello lo primero de debemos hacer es pensar sobre nosotros, sobre nuestras capacidades y fortalezas y hallar nuestro elemento diferencial.
Es fundamental para poder poner en valor lo que hacemos.
Tanto si estamos trabajando como buscando trabajo, el poseer una fuerte marca personal nos ayudará a posicionarnos en la mente del otro como la opción referente.
Muchas personas creen que tener Marca Personal es tener muchos contactos en Linkedin, pero eso es sólo la punta del iceberg.
Nuestra marca debe revelarse auténtica y debe cumplir los parámetros de fiabilidad y  utilidad. Luego debemos hacerla visible.
Eso entraña ser diferentes también en nuestra tarjeta de visita. Componerla con un diseño y un formato atractivo e inspirador.

Pero sin olvidarnos que lo más importante es reflejar bien lo que somos, los valores en los que creemos y reforzar nuestra persona, porque es independiente de nuestro cargo.

Y tú, ¿qué pondrías en tu tarjeta de visita?